Contrastes de una emergencia
Escenarios de la vida moderna y aprendizajes ante un fenómeno mundial.
A estás alturas ya pudimos comprobar que no todxs pueden permanecer en casa durante esta pandemia. Y no por motivos menores, sea porque su trabajo no puede trasladarse al hogar, la necesidad de continuar trabajando porque se vive al día y no se cuenta con ahorros, la necesidad de asistencia para sobrellevar alguna condición médica preexistente o por motivos de edad. Sin embargo, para muchos el tema será otro. El de la(s) realidad(es) que el gobierno (y muchxs) ignoramos cuando se le pide a la población quedarse en casa.
Condiciones de hacinamiento, viviendas mal construidas, carencia de servicios como agua y drenaje vuelven más difícil o hasta impensable permanecer en un espacio así por mucho tiempo. Grupos doblemente castigados como las mujeres, que tendrán que pasar más tiempo cerca de su abusador, lo que aumenta las probabilidades de sufrir algún tipo de agresión. Así, esta emergencia ha resaltado que para un gran porcentaje de personas, la idea de permanecer en casa se convierte en un desafío. Por un momento nuestra condición biológica parece ser lo único que nos une y que las posibilidades de enfermar o morir dependen en gran medida de cuál sea nuestra realidad.
Vivimos en la era en la que se bifurcan dos grandes realidades, la de la gente que tiene bastante y la de quienes no tienen casi nada. Mientras las personas con más privilegios tienen la posibilidad de llenar su alacena, comprar víveres y otros insumos en exceso, algunxs tacharon de exageradas las medidas de aislamiento que les impiden acudir al restaurante de preferencia. Quienes pudieron quedarse en cuarentena, hastiadxs del encierro se quejan al tiempo que comienzan a preocuparse ante la incertidumbre laboral y económica que se avista.
Las reacciones más viscerales no se hicieron esperar y se transformaron en cadenas de WhatsApp plagadas de desinformación, pánico y todo tipo de teorías conspiranoicas. Por otro lado, tuiteros compartían listas de negocios locales a los que ayudar con nuestra compra, a solicitar servicios de quienes habían adaptado su trabajo a la situación haciendo entregas a domicilio. Pero el ejemplo al que quiero llegar, como decía líneas atrás, es al de quienes no pudieron darse el lujo de parar y nos hicieron ojear privilegios propios y ajenos.
El impacto fue tremendo. Miles de usuarios de las redes sociales que han identificado e indignado ante la difícil situación, agudizada por el egoísmo de grandes empresarios que decidieron no pagar sueldos, la incertidumbre provocada por la falta de comunicación efectiva entre niveles de gobierno y la fragilidad de nuestro sistema de salud ante un evento de esta naturaleza.
Que hoy podamos tener esta discusión es algo que debemos celebrar simplemente porque algo así no hubiera sido posible años atrás. Sin lugar a dudas esto no quedará plasmado sólo en los comentarios de las redes sociales, sus exigencias ya no podrán quedar ignoradas en el cajón. Necesitamos ejercicios así, que nos inviten al cuestionamiento, muevan a la reflexión e impulsen la creatividad, que hagan posible repensar e imaginar otras realidades.
Con todo, crisis como esta, se convierten en el momento propicio para innovar y sacar lo mejor de nosotros. La creatividad y la solidaridad son y seguirán siendo nuestras mejores herramientas post cuarentena que en conjunción con el Internet y las redes magnificarán su impacto.
El COVID-19 nos hace recordar lo olvidado: la fragilidad e interdependencia de nuestra condición humana. Después de todo, los pilares de nuestra civilización se muestran más débiles de lo que creíamos; tenemos suerte que este virus no sea tan letal y nos de oportunidad de hacerle frente. Menciono esto porque a la vuelta de la esquina nos esperan retos más grandes, no estamos excentxs de vivir otra pandemia, catástrofe o recesión. Esto puede ser sólo una probada de lo que traerá consigo un fenómeno de escala mundial como el cambio climático. Si todo esto no deja un cambio tras de sí, no habremos aprendido nada. Para bien o para mal, nuestras sociedades y experiencias ya no pueden escapar a esta dinámica moderna llamada globalización.
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